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miércoles, mayo 09, 2007

COCIDO MADRILEÑO

El origen en nuestra península se remonta a la época de la reconquista española. Su nombre en árabe era dafīnah palabra que significa “tesoro oculto” y era un plato compuesto por garbanzos y cordero. Los judíos sefarditas lo denominaban olleta adefina y sus ingredientes cárnicos debían de ser kosher.
La carne kosher debe ser tratada de tal forma que quede despojada de la sangre antes de ser cocinada, de acuerdo con las enseñanzas del Talmud (Levítico 17.10) que prohíbe comer la sangre de los animales.
Por ello, una vez sacrificado el animal, su carne debe sumergirse en agua durante más de media hora. Luego se sazona abundantemente con sal pura, sin añadidos químicos, y se deja escurrir en un plano inclinado para que pierda toda su sangre. Posteriormente se lava en agua tres veces consecutivas.
Los judíos españoles del siglo XV dejaban que se fuese elaborando en una olla de barro por si solo y a fuego lento durante la noche del viernes para luego comerlo caliente durante la fiesta del Shabbath.
Herederos de este plato culinario están, entre otros más o menos famosos, el pote gallego, el asturiano, la olla podrida, el almodrote canario y el siempre típico cocido madrileño.
Son múltiples las variantes de este último si tenemos en cuenta los distintos componentes aceptados en su elaboración.
El uso de la carne de cerdo fue posterior, posiblemente aportado por los marranos (judíos conversos) que, en su afán de demostrar a la Inquisición su verdadero "arrepentimiento" no dudaban en añadir los productos de este animal a la elaboración del plato.
Los derivados del cerdo que se suelen utilizar son varios, entre ellos se encuentra el tocino, las manos, el jamón, la morcilla (siempre de cebolla y no de arroz) y sobre todo el chorizo.
En este plato típico madrileño, como en la mayoría de los cocidos que se elaboran en el resto del territorio, siempre debe de estar presente algún chorizo.
A ser posible deben ser sin ahumar y por tanto, frescos, muy frescos.

viernes, febrero 09, 2007

DÍAS DE VINO Y ROSAS

Hay días que uno no está para nada.
Algo huele a alcohol en Dinamarca. Bueno. Y en otros muchos sitios.
Salgo, como casi todos los días a comprar el pan. Mucha gente vive del pan o de comer pan.
Yo soy uno de ellos, aún como pan, aunque cada vez menos.
Con tanta prohibición, ya ni eso le dejan comer a uno.
Supongo que en cualquier momento van a decir que es pernicioso para la salud.
Entre otras cosas, porque el pan engorda.
Acabaran retirando ese alimento del apartado beneficioso y dejará de ser aceptado como saludable.
Me asombra el empeño que ponen, desde las alturas, en decirnos aquello que podemos o no podemos hacer. Siempre obsesionados con darnos consejos.
No me niego a escucharlos. Pero, muchas veces, rehúso seguirlos. Sé equivocarme solo.
De ahí a la total prohibición solo hay un paso. Corto paso.
Debemos ir pensando en modificar muchos refranes. Algunos considerados como clásicos.
Como ese que dice: “con pan y vino se anda el camino”.
En poco tiempo le van a dar la puntilla a ese rojizo líquido llamado vino. ¡ Pobre desgraciado!.
Tiene la mala suerte de llevar en su composición un componente tan nefasto para la salud como el alcohol. Y eso acaba dejando huella.
Crea dependencia. Es nefasto para el hígado, el riñon, el cerebro y un montón de órganos más. Modifica la conciencia y el raciocinio. Pero sobre todo genera gasto sanitario.
Suficientes razones para que sea considerado como una droga.
Como en muchas otras cosas, la diferencia entre veneno y medicina, droga y estimulante o hartazgo y ayuno es cuestión de cantidad.
La inteligencia está en encontrar y no sobrepasar el punto medio que delimita la parte beneficiosa de la que no lo es.
Conocer donde se encuentra la frontera entre lo positivo y lo negativo es cuestión de educación.
La inteligencia se presupone. La educación, no.