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miércoles, abril 09, 2008

UN RELATO MUY BREVE

Eva no aceptó la manzana.
Adán se negó a probarla.
Les escribo desde el Paraíso.

martes, diciembre 25, 2007

CUENTO DE NAVIDAD


Tradición obliga.
Como todos los años por estas fechas, cuando faltan unos días para que sea Navidad, suelo montar un pequeño nacimiento de barro sobre la mesa en el salón de mi casa. Son figuras pequeñas, pero están bien moldeadas y policromadas con delicadeza.
En el montaje intento ser lo más realista posible. No falta el grupo de pastores que parecen conversar a la luz de una hoguera, ni los Reyes Magos sobre sus camellos camino del palacio de Herodes.
Incluso tiene un pequeño lago con agua, en cuyo borde está arrodillada una figura de lavandera haciendo su trabajo. Muy cerca la rueda de un viejo molino da vueltas sin cesar gracias a un oculto mecanismo eléctrico.
En el pesebre, la mula y el buey acompañan a José y María.
El Niño aún no está, lo coloco el día 25 al levantarme por la mañana después de dormir. Hasta ese día, siempre dejo vacia la pequeña cuna de paja.
Este año, como es costumbre, hice lo mismo. Mi hermoso nacimiento volvió a lucir en todo su esplendor sobre la mesa. Un año más.
Ayer fue víspera de Navidad. Después de la típica cena hogareña, cercana la medianoche, la familia se despidió para volver a sus respectivas casas.
El exceso de comida, los muchos dulces y licores hacen su efecto adormecedor y la cama pronto se agradece.
Rápidamente caigo en un sueño profundo hasta que unas voces nerviosas y algo subidas de tono, me despiertan.
Ante mi confusión y sobresalto, intento calmarme. Escucho con atención y me doy cuenta que las voces vienen del salón.
Con mucho sigilo me acerco hasta allí, me asomo a la puerta y miro dentro. Veo que unos hombres de aspecto rudo, quizás pastores, están hablando entre ellos en voz alta alrededor de una hoguera.
Al parecer, en un pesebre cercano, una pobre mujer está a punto de dar a luz sin que nadie la ayude.
Sin pensarlo dos veces, me uno al grupo y partimos en dirección al establo con intención de ayudar en lo posible.
Por el camino nos encontramos con una lavandera que volvía del río de lavar su ropa. Le comentamos el problema y se brindó a colaborar en lo que pudiese.
Cuando llegamos al establo, la joven estaba tumbada en el suelo, con cara de sufrimiento y en plenas contracciones. Su marido, muy nervioso, poco hacía para mejorar la situación.
La lavandera, más experimentada, enseguida se hizo cargo y pidió que rápidamente calentásemos agua. Luego dijo que le diésemos los paños blancos que acababa de lavar en el rio. Sin ninguna contemplación, nos obligó a todos a salir afuera con cajas destempladas. Incluso al futuro padre.
Nerviosos esperamos fuera. El tiempo pasaba lentamente. Hacía frío. El cielo estaba estrellado. Notamos que sobre nosotros, una estrella brillaba con más intensidad.
De repente, el agudo llanto de un niño se oyó en el interior del cobertizo. Indecisos nos miramos a la cara, no sabíamos que hacer. Al final, la curiosidad pudo más que la prudencia y todos entramos con rapidez. Una vez dentro, vimos a un hermoso niño descansando en los brazos de su madre, mientras la otra mujer se afanaba en ordenar y limpiar todo a su alrededor.
Tras las felicitaciones a los padres y las carantoñas al Niño. Sonrientes, los pastores y yo, volvimos sobre nuestros pasos.
De nuevo sentí que el sueño hacía mella en mi, y decidí volver a la cama.
Hoy ya es Navidad.
Despierto con la sensación de haber dormido poco y recordando vagamente el sueño tan extraño que tuve.
Después de la ducha, me visto, y voy hasta el salón.
Al llegar allí, me fijo en mi Nacimiento.
Sobre la pequeña cuna de paja se encuentra la hermosa figurita del Niño. María y José le contemplan sonrientes. La lavandera está a su lado, inmóvil, en actitud de cubrirlo con un paño blanco.

lunes, diciembre 24, 2007

UNA MOTA DE POLVO


Una mota de polvo.
Oculta en la oscura esquina del bolsillo de mi chaqueta de lana.
Muy pequeña, casi diminuta. Cercana a otras muchas, semejantes, empáticas.
La extraigo con dificultad y logro colocarla sobre la punta del dedo índice de mi mano. Al trasluz puedo verla algodonosa, blanquecina.
Fijo mi vista en ella. Fuerzo el enfoque. Noto un ligero mareo pasajero.
Tengo la sensación de penetrar en el interior de la pequeña bolita. Siento como crece, como aumenta de tamaño. Cambia la luz y sube el brillo con multitud de explosiones luminosas. Lo que en un principio parecían minúsculos hilos de algodón, al expandirse, se transforman en enormes bandas multidimensionales con infinidad de cuerpos globulares, densos y brillantes.
Un sinfín de objetos de diferentes tamaños y colores. Unos gigantescos, otros más pequeños. Oscuros o luminosos. Fríos o candentes.
Millones de masas flotando en una negrura infinita, moviéndose en veloces remolinos. Agrupados en hermosos racimos refulgentes. Pasan veloces, se acercan y crecen para luego disminuir rápidamente de tamaño al alejarse. Imágenes inéditas y extrañas. Algunas parecen conocidas, incluso habituales.
A lo lejos, una masa vaporosa, elíptica, diáfana y fulgente. Semejante a otras muchas, pero distinta. Infinidad de cuerpos llameantes agrupados en torbellinos de espirales.
En uno de sus brazos un pequeño punto luminoso. Se hace más intenso, más grande.
Pasan cercanos hermosos cuerpos esféricos de distintos tamaños. Unos pocos rodeados de múltiples anillos de roca, hielo y polvo. Algunos azulados, otros rojizos; con multitud de bandas gaseosas, de atmósferas convulsas.
De repente, una hermosa esfera azul resalta en la inmensidad de la negrura. Atrás queda el cercano satélite perlado por cráteres de impacto.
Nubes grises ocultan la verde superficie. Velocidad de vértigo en la caída, el suelo se acerca resuelto e impetuoso. Edificios, calles, coches, gente caminando.
Me veo mirando mi mano que parece señalar al cielo. Mis ojos escrutan una pequeña mota de polvo en la punta de mi dedo.

jueves, diciembre 20, 2007

SANTA BÁRBARA CUANDO TRUENA

Paseaba un ateo relajadamente por un hermoso bosque admirando el maravilloso “accidente” de lo que algunos llaman “creación”, cuando de repente escuchó el ruido de fuertes pisadas a su espalda.
Con cierto temor miró hacia atrás y notó que un enorme oso le seguía los pasos. Aceleró la marcha intentando alejarse del animal, pero fue en vano.
El oso con mirada fiera cada vez estaba más cerca y sus intenciones no parecían nada amistosas.
El hombre echó a correr, pero el animal fue mucho más veloz y pronto le dio alcance. El pobre tipo cayó al suelo y rápidamente fue inmovilizado por el oso con su fuerte zarpa izquierda mientras levantaba amenazante la derecha con la clara intención de acabar la faena.
En ese momento el ateo lleno de terror exclamó:

-¡Oh, Dios mío, ayúdame!

En ese preciso instante, el Tiempo se detuvo. La zarpa amenazante del oso, el agua del rio, el vuelo de los pájaros, el ruido del viento. Todo el bosque quedó sumergido en el más absoluto silencio. Todo quedó paralizado.
De repente las nubes se abrieron y un rayo de luz atravesó el cielo iluminando al hombre y al oso mientras se oía una profunda voz que decía:

-Tú negaste mi existencia durante muchos años, te atreviste a enseñar a otros que yo no existía y redujiste la "creación" a un mero “accidente cósmico”.
-¿Esperas que ahora te ayude a librarte de esta muerte segura?.
-¿Puedo pensar que tengas fe en mí?.

El ateo miró directamente a la Luz y dijo:

-Sería hipócrita por mi parte que, de pronto, me pases a tratar como un verdadero creyente.
-Mas... Tal vez... ¿Puedes volver al oso creyente?.

Antes de cerrarse las nubes y desaparecer la luz, la voz dijo:

-Muy bien, haré que se cumpla tu voluntad.

En eso momento el rio volvió a serpentear entre las rocas, los pajaros volvieron a revolotear alrededor de los arbustos y se escucharon de nuevo todos los ruidos del bosque.
El oso recogió sus patas y puso sus zarpas en posición orante. Hizo una leve pausa, bajo la cabeza y dijo:

-Señor, bendice este alimento que ahora voy a comer. Amén.

sábado, diciembre 15, 2007

MI HERMOSA XANA


Era una preciosa tarde al final del verano.
Las hojas de algunos árboles comenzaban a volverse amarillentas anunciando la llegada de una nueva estación. Los rayos de sol atravesaban la espesura del bosque y se filtraban entre las ramas formando pequeños claroscuros en el espeso musgo que cubría las piedras.
Hacia bastante tiempo que había dejado el coche aparcado en un claro cerca del rio, justo donde terminaba el irregular camino.
Llevaba más de dos horas caminando, sin prisa, en dirección contraria al pequeño riachuelo que serpenteaba alegremente entre las rocas. Alguna vez tuve que alejarme de la orilla para sortear el tronco caído de un viejo árbol.
Por un momento, entre los arbustos, pude ver un pequeño corzo que rápidamente desapareció asustado al notar mi presencia.
Los sonidos del bosque fueron aumentando a medida que ascendía siguiendo el curso del arroyo. Podía oír el alegre canto de los pájaros, el susurro de la suave brisa, el zumbido de los pequeños insectos saltando de flor en flor.
Incluso creí percibir el tenue aleteo de las inseguras mariposas intentando sortear las finas y retorcidas ramas de los matorrales.
Sentí que aumentaba la humedad del ambiente mientras una leve niebla se filtraba cubriendo poco a poco toda la espesura.
En una pequeña vaguada, el cauce del riachuelo se remansaba en un pequeño estanque rodeado de frondosos helechos que se reflejan en el agua.
Hacía calor. Estaba sudando tras el esfuerzo de la caminata y me apetecía darme un baño.
El entorno invitaba a ello. Me quité la ropa dejándola sobre una seca y desnuda roca. Poco a poco me metí en el agua y dejé que fuese cubriendo todo mi cuerpo. Enseguida me acostumbré a su tibieza. Estuve bastante tiempo dentro del agua hasta que la temperatura hizo mella en mi organismo.
Salí del agua y me tumbé sobre el suave musgo mientras agradecía el calor de los rayos del sol sobre mi piel. Cerré los ojos y me dejé llevar por los murmullos del bosque.
Al poco tiempo, creí percibir un fascinante sonido distinto a los demás. Era el sugerente y seductivo canto de una voz humana.
Rápidamente intenté buscar con la vista de donde venía tan hermosa melodía.
En un recodo del riachuelo, debajo de un enorme tronco que protegía la pequeña entrada a una oscura cueva, estaba sentada una atractiva muchacha. Sus largos cabellos rubios cubrían, en parte, su hermoso cuerpo desnudo.
Me miró con aparente timidez, y en el fondo de sus ojos verdes percibí una mirada dulce y afectuosa. Quedé inmóvil mirando embelesado su figura, mientras se acercaba con movimientos armoniosos.
Se puso de rodillas a mi lado. Deslizó su delicada mano por mi mejilla y un escalofrío de placer recorrió mi cuerpo.
Pronto olvidé mi timidez colaborando con sus caricias. Nuestras miradas se unieron en un abrazo que me pareció eterno, mientras su cuerpo se fundía con el mío. Besos, caricias, suspiros contenidos.
Gotas de sudor se deslizaban brillantes por nuestras espaldas contraídas. Fue una sinfonía de movimientos rítmicos, excitados, palpitantes.
Convulso fluir de fluidos. Un universo infinito tras la fusión de dos cuerpos, de dos espíritus en uno.
Al poco una caricia comedida, un delicado beso de unos labios que se unen. Abrazados, relajados sobre la mullida capa vegetal que nos protege.
Solo el tenue manto de la niebla ocultaba nuestros cuerpos. Pronto mi mente relajada se dejó llevar por un sopor que semejaba la inconsciencia.
Los últimos rayos del sol se ocultaron y el relente del atardecer hizo que volviese a la realidad desde mi sueño.
Miré alrededor, me rodeaba el mismo paisaje conocido. Pero la luz era distinta. Los cálidos colores habían desaparecido y fueron sustituidos por un sinfín de grises y azules difuminados.
De la hermosa muchacha nada quedaba.
Con tristeza en el alma y frío en la piel, me dispuse a vestirme.
Miré hacia el agua remansada y en uno de sus reflejos creí ver la mirada pícara y sonriente de una hermosa joven de cabellos dorados.


miércoles, diciembre 12, 2007

LAS LLAVES

Estoy casi seguro.
Las había dejado sobre la dichosa mesa de la cocina. Fue el típico olvido. Me di cuenta a tiempo y volví a buscarlas antes de salir.
No es la primera vez que olvido las llaves dentro de casa. Como solución en estos casos, más frecuentes de lo deseado, tengo un par de copias repartidas por la familia.
Pero no es nada agradable tener que molestar. Y menos tener que observar la sonrisa entre irónica y divertida que ves en el familiar cuando te entregan la copia.
Incluso a veces se atreve a decir que no se me olvide devolverlas.
Bueno, como iba diciendo, estaba seguro que las había olvidado sobre la mesa. Al volver a por ellas, me di cuenta de que no estaban donde teóricamente las había dejado. Busqué dentro de mis bolsillos. En los de la chaqueta, pantalón y camisa.
Luego miré bien por toda la cocina sin lograr encontrarlas. Alrededor de la mesa, bajo ella, en las sillas.
Abrí el horno. ¿Cómo pude pensar que las hubiera metido dentro del horno?.
Incluso miré dentro de la lavadora y de la nevera. Nada.
Cuanto más buscaba, más seguro estaba de que era sobre la mesa donde las había puesto. Pero sobre el granito gris de la mesa solo había unas pequeñas migajas de pan en una esquina. Mínimos restos del anterior desayuno.
Decidí buscar por el resto de la casa. Revolví cajones, armarios. Entré en los baños. Pensé en todo lo que había hecho anteriormente, desde que me levanté hasta esos momentos. Volví sobre mis pasos intentando adivinar que movimientos inconscientes había realizado.
Mi ansiedad fue aumentando por momentos. Las llaves habían desaparecido y no lograba dar con ellas. En la búsqueda, encontré multitud de cosas que ya no recordaba que tenía guardadas. Pero las dichosas llaves seguían sin aparecer.
Sabía que en cuanto dejase de buscar aparecerían en el lugar más inesperado.
Cansado y nervioso, volví de nuevo a la cocina. Al entrar en ella miré con cierto desdén de nuevo hacia la mesa.
Y allí estaban. Las malditas llaves. Sobre el granito gris. Justo en el centro de la mesa.
Al momento supe que siempre habían estado allí. Esperándome.

jueves, diciembre 06, 2007

LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON

Rara vez me ocurre.
Casi nunca suelo recordar los sueños.
Estoy seguro que los tengo casi todas las noches pues algunas veces logro recordar pequeños fragmentos, mínimas partes de un todo. Pero esto solo pasa cuando me despierto a los pocos instantes de haber soñando.
Esta madrugada me ocurrió.
De repente desperté con una desagradable sensación de angustia.
Tuve la impresión de seguir durmiendo, pero pronto me di cuenta de que no era así. Con los ojos medio cerrados, miré el reloj para ver la hora que era. Creo que eran las cuatro.
Luego miré al techo de la habitación. Pero no estaba donde se suponía que debía de estar. Sentí cierto temor. Era muy extraño. El techo había desaparecido. En su lugar veía un negro y profundo abismo. Y yo flotaba en él sin que nada ni nadie me sujetase.
Giré el cuello mirando hacia los lados. Solo vi una enorme y agobiante oscuridad.
Entre tanto vacío, y muy lejanas, pude percibir unas diminutas luces distribuidas al azar.
Todo el entorno acabó siendo familiar. Me recordaba las películas en las que aparecía el oscuro espacio sembrado de estrellas.
Acabé aceptando, en mi absurda lógica, que estaba en medio del vacío espacial.
Sin ninguna gravedad. Flotando. Silencioso.
Necesité cerrar los ojos durante unos segundos para que desapareciese la desagradable náusea que me vino a la boca.
Era semejante a hacer submarinismo, pero sin agua.
Miré en dirección a mis pies en un vano esfuerzo de encontrar el suelo. Lo único que logré fue que aumentase el mareo.
Volví de nuevo a cerrar los ojos. Al abrirlos, note la existencia de un objeto circular flotando en el espacio que aumentaba de tamaño por momentos. Tenía un difuso color cobrizo, ocre, y su superficie estaba llena de multitud de cráteres de distintos tamaños. Enormes grietas y desfiladeros serpenteaban en las planicies semejando cuencas de viejos y desaparecidos rios.
Me resultó conocido. Su aspecto era idéntico a las imágenes que tengo en la memoria de las fotos enviadas por las últimas sondas que giran alrededor del planeta Marte.
Pero lo que estaba viendo parecía mucho más nítido. Más real.
Sin proponerlo, ante mi asombro, el hipotético planeta continuó aumentando de tamaño. Pronto la curvatura del rojizo horizonte se fue aplanando y noté el frio de su atmósfera rozar mi cara. Con rapidez el suelo se fue acercando a mis pies. Quise gritar, pero el pánico agarrotó mis cuerdas bucales. Logré articular un agónico sonido gutural.
Luego solo oí mi silencio oculto por el sonido del viento.
Fue increíble, pero pronto noté que mis pies se posaban con suavidad en el árido y polvoriento suelo.
Poco a poco me fui calmando.
Observé que multitud de piedras grisáceas, de diferentes tamaños, estaban esparcidas por toda la superficie que me rodeaba.
Levanté mis ojos y vi que el Sol, de un tamaño mucho más pequeño al esperado, iluminaba el cielo de un color amarillo pálido.
La curiosidad superó mi temor ante lo desconocido.
En un arranque de audacia me agaché y con la mano agarré un puñado de aquella sustancia que parecía arena y que cubría todo el suelo. Al instante noté que aquella sustancia se movía. Parecía estar viva. E intentaba escurrirse entre mis dedos. Quise impedirlo apretando con más fuerza mis dedos, cerrando con más intensidad la mano.
En ese momento sentí un dolor agudo en todo el brazo. Fue una punzada que llegó hasta lo más profundo de mi cerebro como una severa advertencia. Un dolor tan intenso que hizo que despertase bruscamente.
De repente me di cuenta. Aún estaba acostado. En mi habitación. Las paredes y el techo seguían en su sitio.
Respiré hondo. Todo había sido un desagradable sueño. Casi una pesadilla.
Con lentitud me senté en el borde de la cama y abrí la mano derecha que mantenía aún fuertemente cerrada.
Al hacerlo, vi una pequeña cantidad de polvo rojizo que se escurría entre los dedos de mi mano.

lunes, noviembre 19, 2007

RELATO CORTO

Un fuerte viento agitó las ramas de los árboles.
El dinosaurio abrió los ojos.
Vio una gran luz en el cielo.
Pensó que no podía ser el sol.
Era de noche.
Con rapidez volvió a cerrarlos.

jueves, noviembre 15, 2007

NADA ES VERDAD NI ES MENTIRA


Ayer, mientras revisaba y ponía en orden viejos ficheros, ya olvidados, en el fondo de uno de mis discos duros portátiles, encontré este pequeño relato.
Después de releerlo y tras hacer unas pequeñas correcciones sin ningún intento de autocensura, pensé, con bastante atrevimiento, subirlo al blog.
Aquí va... por si alguien tiene la suficiente paciencia y ociosidad como para leerlo.

EL DÍA DE AUTOS

El lento paso del tiempo en el reloj situado en el centro de la plaza sobre un pedestal de hierro forjado, no lograba ocultar el temblor nervioso de mis piernas.
La brisa fría del otoño que se acaba, movía lentamente las hojas maduras de los árboles y lograba que algunas de ellas se deslizasen suavemente hacia el suelo en una danza triste.
Me encontraba sentado en uno de los bancos que había alrededor de una plaza circular, situada en el centro de un frondoso parque, no muy grande, al norte de la ciudad.
Muchas lenguas viperinas dicen que es poco recomendable pasear por sus senderos, al atardecer. Supongo que es una buena razón para perderse, de vez en cuando, entre sus oscuros matorrales.
Aquella tarde la espera comenzaba a hacer efecto en mi ánimo. El cielo amenazaba con unas nubes negras que no dejaban pasar la poca claridad que aún debería de existir.
La fría brisa se filtró a través del cuello de mi camisa y una desagradable sensación invadió mi cuerpo. Me puse en pie, con movimientos rápidos, mientras metía las manos entumecidas en los bolsos de la chaqueta.
El reloj marcaba las ocho y cuarto.
Miré alrededor. Poco a poco los ancianos sentados en los bancos del parque fueron desapareciendo como si hubiesen sido borrados por un pincel misterioso que deja la sensación de un triste vacío.
Ya se habían ido con sus madres y abuelas los niños que poco tiempo antes corrían alegres mientras sus pequeñas y ávidas manos intentaban capturar alguna atrevida paloma. Nunca lo lograban. Pues estas se escabullían asustadas en vuelo rasante hacia el viejo palomar situado en un lateral de la plaza.
A lo lejos aún se podía ver la imagen, desdibujada por la penumbra, de un joven vestido con ropa deportiva, de piel morena y pelo lacio. Con una mano sujetaba con fuerza su perro mediante una cadena de gruesos eslabones que relucían al moverse.
Era el mismo que había estado sentado, poco tiempo antes, en uno de los bancos de la plaza, con sus ojos fijos en mí esperando una mirada de reciproca complicidad que no tuvo.
Una farola se encendió con un leve tintineo y su luz mortecina alumbró un difuso círculo alrededor de su base. La intensidad de la luz fue aumentando a la misma velocidad que mi nerviosismo. Todo mi cuerpo estaba tenso, no solo por el frío de aquel atardecer sino por la incertidumbre de la espera.
Dando algunos pasos hacia atrás, me aparté del círculo luminoso acusador y lentamente fui bordeando la pequeña plaza cubierta de hermosas flores. Tenían un color azulado, extraño y fantasmagórico. Parecían brillar como si sobre ellas alumbrase una lámpara de luz ultravioleta.
Sabía que ya no iba a venir.
Era absurdo seguir esperando y empecé a pensar que tampoco valía la pena. Era imposible que aquel muchacho, joven y hermoso se acordase de aquella relación que para él seguramente solo había sido una más entre tantas.
Yo también había hecho lo mismo en otra época ya lejana.
Con un regusto amargo en mi boca se hicieron vivos en mi memoria los recuerdos que ya creía olvidados por el paso del tiempo. Recordé algunas caras golosas que me miraban en los baños públicos mientras cumplía con una necesidad urgente.
Me resultó gracioso, casi ridículo, pensar en aquellos hombres inmóviles en los urinarios, imitando realizar una función fisiológica, mientras sus miradas lascivas contemplaban sin ningún recato mi bragueta abierta, esperando la más mínima insinuación para pasar a la acción.
Algunos se atrevieron a tocarme, otros llegaron más lejos y lograron hacer fluir a borbotones mi semilla entre los blanquecinos urinarios.
Intenté fijar alguna de aquellas caras, quise dibujarlas en mi cerebro, pero ninguna se hizo diáfana, todas se difuminaron en una niebla espesa y pegajosa.
Solo fueron una chispa, un vago recuerdo en mi camino, nada importante, ninguno logró esbozar una marca perdurable en mi memoria.
Evocando aquellos momentos, intenté imaginar las sensaciones que tuvieron aquellos hombres al estar a mi lado, alguno pudo llegar a enamorarse de mi cuerpo, de mi mirada, de mis tímidos toqueteos.
En aquellos instantes, yo solo quería una descarga rápida de mis hormonas para luego salir huyendo lo más rápido posible.
Ahora les comprendo, incluso pueda que sienta las mismas emociones que ellos. Es tarde para corresponder con una sonrisa complaciente o con una mirada agradecida.
Mientras paseaba lentamente por el parque, mi mente volvió a la realidad de hace unos pocos meses. Hice que la imagen de aquel muchacho reviviera dentro de mí, repitiendo las circunstancias que me llevaron a conocerle.
Hacía tres meses que lo había visto, pero pensé que solo habían pasado unos pocos minutos.
Era un domingo a última hora de la tarde. Fue un encuentro casual mientras andaba con lentitud y cierto temor por una de las oscuras sendas del parque.
En una esquina formada por el brusco cambio de dirección de un largo seto, un par de muchachos hablaban entre ellos mientras miraban de reojo a otros jóvenes que pasaban a su lado.
Desde lejos me fijé en ellos, uno era delgado, quizás demasiado, con nariz grande y aguileña, pelo rubio, teñido, vestido con un pantalón ajustado y una camisa a cuadros. Pronto me olvidé de él, fue un olvido comprensivo y excusable.
La culpa la tuvo su amigo. Era hermoso, de piel morena y pelo negro algo rizado, su cuerpo se adivinaba musculoso y fuerte bajo la camiseta de manga corta que llevaba. Una cazadora de cuero negra le protegía de la frialdad del atardecer.
Me acerqué un poco más a ellos, me miraron y el muchacho delgado hizo a su amigo un discreto comentario al oido acompañado de una sonrisa maliciosa. Le dio un beso en la boca para despedirse y con pasos cansinos fue hacia una de las salidas del parque. Antes de desaparecer entre los árboles, sus ojos negros me sonrieron con complicidad. Devolví la mirada con agradecimiento, mientras las sombras le ocultaron cuando se alejaba.
El otro muchacho cogió una pequeña rama y se puso a retorcerla y mordisquearla con movimientos nerviosos, mientras me miraba de soslayo.
Nos miramos, manteniendo la mirada. Amago de sonrisa cómplice y complaciente. La distancia se hizo más corta entre ambos. Nos saludamos. Nueva sonrisa. Conversación nerviosa, banal, intranscendente.
Ojeada furtiva en busca de posibles y desagradables miradas extrañas. Demasiada luz y demasiados ojos. Emprendimos, juntos, una huida hacia las negras sombras de los arbustos.
Él iba delante, yo un poco detrás, al pasar cerca de otra farola vi que su pantalón marcaba unos hermosos glúteos, cintura estrecha, estaba fuerte, se notaba que iba al gimnasio, que era joven, quizás demasiado.
Por el rabillo del ojo sentí la irritante sensación de algunas miradas envidiosas ocultas tras los arbustos que nos rodeaban. Aceleramos nerviosos el paso y pronto fuimos cubiertos por el manto de la oscuridad protectora. Pasamos por debajo de unas ramas de un enorme roble. El muchacho apoyó primero sus manos y luego su espalda contra el tronco. Entonces vi su cara muy cerca de la mía, era muy hermoso, la sujeté entre mis manos, volvió a sonreír.
Me gustó su sonrisa, era cálida, limpia, cariñosa, aunque por un momento tuve la sensación de que guardaba un amago de tristeza.
Mientras su espalda rozaba el tronco del viejo árbol, sus manos buscaron y encontraron una abultada zona en mi pantalón y una sacudida recorrió mi espalda. Nervioso yo hice lo mismo, acaricie su pecho musculoso, su cuerpo fuerte, vigoroso, duro.
Nos desabrochamos mutuamente los cinturones, noté como metía su mano entre mi piel y la ropa. Sentí un escalofrío de placer cuando sus dedos rozaron las zonas más sensibles de mi cuerpo. Abrí un poco las piernas buscando el equilibrio perdido y le deje hacer. Mientras, yo saboreaba sus labios, rojos, carnosos y suaves.
No tuve conciencia del tiempo pasado, mi memoria ya no acumuló recuerdos, solo agradables sensaciones. Disfrutamos de nuestros cuerpos, abrazados, jadeantes y sudorosos hasta que la naturaleza hizo el resto. Un beso profundo y suave firmó el final de la relación. Unos pañuelos de papel recogieron y limpiaron los restos acusatorios.
Nos vestimos con rapidez, sonrisas de circunstancia, no me parecieron culpables. Me prometió que me volvería a buscar, me aseguró que le había gustado, tenía prisa, le esperaban en casa, era muy tarde.
Le pregunté por su nombre. Se llamaba Juan.
Muy a mi pesar le deje que se fuera. Me dio un beso casi furtivo en los labios, sonrió y sin decir nada más se fue corriendo hacia la salida del parque.
Aquel encuentro me dejó abrumado. Los días siguientes no logré apartar de mi mente lo ocurrido aquella tarde. No supe borrar de mi pensamiento su cuerpo, su cara, sus labios, sus ardientes besos. No quería, pero sobre todo, no podía dejar de pensar en él.
A medida que los días fueron pasando, mientras paseaba por las calles, en los cafés, hasta en el trabajo, mi obsesión aumentaba. Su imagen se reflejaba en todas las caras jóvenes que veía pasar a mi lado.
Esperaba que el tiempo borrase la fascinación que me había producido aquel encuentro, pero no fue así. Cada vez era más intensa, profunda y agobiante.
Decidí que la única solución a mi problema era volver a verle, tenía que volver a sentir su cuerpo junto al mío, solo así sabría si lo que sentía era solo un capricho, o realmente era mucho más profundo.
Por eso volví de nuevo al parque, esperaba encontrarlo en el mismo sitio, en el mismo lugar donde nos vimos la primera vez. Necesitaba volver a estar vivo. Mi mente precisaba recuperar la sensación de volver a sentir su calor al abrazar su hermoso y joven cuerpo.
Ya estaba a punto de abandonar la espera cuando de repente vi aparecer por uno de los senderos al muchacho delgado que estaba a su lado el día que le conocí. Me miró y su sonrisa me indicó que se acordaba.
Iba solo, fui hacia él, le saludé. Creo que pensó que yo quería algo más que una simple conversación. Le saqué de su error con rapidez preguntando por su amigo.
La sonrisa desapareció de su rostro. Mi ego interno creció varios enteros. No parecía un pobre muchacho que vendiese su cuerpo al mejor postor. Pronto mi sueño se desvaneció con las palabras que surgieron de la boca del muchacho ante mis preguntas.
Con voz temblorosa, que supuse era producto del frio, fue relatando con lentitud que Juan se había ido a vivir a otra ciudad, lejos, muy lejos. Dijo que casi seguro que no volvería en una larga temporada. Intenté sacarle más información pero no quiso decirme nada. Cualquier nueva pregunta sobre el muchacho parecía chocar contra un muro de silencio. No quedé tranquilo con sus explicaciones, no supo responderme a mis preguntas sobre cuando se fue, con quien y porqué lo hizo. Se contradijo en las respuestas.
Al final, acorralado con mi interrogatorio, solo logró balbucir una torpe despida y salió casi huyendo de mi lado.
Me encontré triste y abatido. Todo el frío del ambiente se metió en mi cuerpo. Pensé que no valía la pena, que solo había sido otro más, una nueva muesca en la joven pistola de aquel muchacho. Posiblemente ni se acordaba de aquel atardecer cuando gozó con el cuerpo de otro hombre protegidos por la penumbra. En ese momento, vino a mi memoria mi pasado y comprendí.
Debo olvidar. Estoy seguro que con el tiempo lograré hacerlo. En realidad, solo pasaron tres meses desde que lo vi, aún es pronto.
Hoy es lunes, de nuevo vuelvo a la monotonía del trabajo.
La secretaria del juzgado me pasa multitud de papeles y escritos que debo firmar, luego comenta que tengo dos casos desagradables para resolver. Le digo que me ponga al día.
Las ganas de complacerme le hacen sonreír mientras comienza a hablar. No recuerda los datos, se disculpa y va a la otra habitación del juzgado a recoger los autos. Los ojea y mientras lo hace, se coloca a mi lado.
Escoge entre ambos el que considera más morboso. Yo la escucho sentado en mi sillón y esbozo una leve sonrisa. Oculto la boca con una mano para que no considere ofensiva la expresión de mi cara.
Me relaja oír su voz cálida, de mujer madura, casi maternal. Pongo mirada interesada aunque presto poca atención a lo que cuenta. Mi mente esta distraída pensando en otros agradables recuerdos.
Mientras escucho las incidencias del primer caso, comienzo a sentir una incómoda sensación que me oprime el pecho. Tengo un desagradable presentimiento. De repente, un temblor recorre mi cuerpo y pierdo parcialmente la conexión con la realidad que me rodea. Mi cara palidece y noto que un sudor frio empieza a cubrir mi frente.
Con dificultad logro entender lo que dice a continuación mi secretaria. Refiere con voz pausada que se trata de un desagradable accidente ocurrido hace pocos meses. Al parecer el conductor del coche tenía un nivel alto de alcohol en sangre, dato que fue confirmado en la posterior prueba de alcoholemia. Está demostrado que la velocidad del coche era claramente excesiva.
En el accidente fue atropellado un joven de 19 años, moreno, de complexión atlética. El atestado levantado por la policía refiere que fue arrollado por el coche cuando salió corriendo de un parque e intentó atravesar la calle.
A pesar de las medidas de reanimación practicadas, falleció instantes después de ser ingresado en el hospital debido a las graves lesiones internas que presentaba.
Lesiones que figuran bien detalladas en el informe anexo del forense tras la necropsia realizada.
Según consta en los autos, el muchacho se llamaba Juan.

domingo, julio 16, 2006

¿UN METEORITO LA CAUSA DE SU EXTINCIÓN?


Hace diez semanas hemos logrado extraer en la Patagonia argentina los restos de un fósil reptiloide (situado en un estrato del Cretácico Superior, epoca Coniaciense, aproximadamente entre 89,9 y 85,8 millones de años) en excelente estado de conservación.
No sería noticia digna de mención, si no fuese por sus particulares características morfológicas y las extrañas estructuras que se encontraron asociadas al fósil.
Se trata de un dinosauroide, que podemos clasificar con mucha probabilidad, en espera aún de posteriores y más aquilatados estudios taxonómicos, dentro del grupo de los...
“Animalia/ Chordata/ Saurischia/ Terópoda/ Deinonicosauria/ Treodóntidae”....
Posiblemente fue un reptil bípedo y aunque por la disposición de los restos encontrados no nos permite confirmar fehacientemente este parámetro, la forma de la pelvis, la morfología de las cavidades acetabulares y la parte proximal de los fémures, nos hacen decantarnos a favor de esta hipótesis.
Presenta un cráneo muy voluminoso, si tenemos en cuenta las dimensiones del resto del cuerpo, lo que nos permite afirmar que su cociente de encefalización era muy semejante al de algunos de los actuales primates.
El cráneo tiene una particular alometría (la anchura es mas larga que la altura) y las órbitas oculares son elipsoides, grandes y proyectadas hacia delante lo que permitiría una buena visión estereoscópica.
También se observan significativas diferencias en la mandíbula respecto a otros reptiles. Tanto el maxilar superior como el inferior están desprovistos de dientes, presentando un revestimiento córneo.
En la parte frontal, donde se unen las dos mitades de la mandíbula inferior, el mentón se atrasa. Los angulos inferiores de las ramas ascendentes de la mandíbula están redondeados, proyectándose por detrás del arco zigomático. Estas medidas alométricas específicas producen un aspecto de cara “achatada” semejante a la que presentan los perros de razas con “cara de plato” y que da como resultado un hocico acortado.
Conserva tres dedos en cada mano, presentando una disposición del primer dedo respecto al segundo que implica la posibilidad de cierta oponibilidad entre ellos. Se confirma porque en el fósil se aprecia una forma estructural precisa de los huesos, en la región tenar, para realizar dicha función.
Hay una reducción clara del número de vértebras cervicales y huesos faringeos con las modificaciones precisas, lo que da lugar a un cuello corto y posiblemente a una musculatura asociada a los huesos que hace pensar en la existencia de un aparato fonador.
En el estudio realizado del esqueleto, no se objetivan vértebras caudales, lo que implica que estamos ante un reptil sin cola.
Por otro lado, no aparecen rótulas en las articulaciones fémoro-tibiales de las extremidades inferiores, presentando cuatro dedos en cada pie, acabados en una uña reducida y que posiblemente sería un refuerzo en el apoyo durante la marcha.
Hemos realizado estudios microscópicos de una pequeña parte de los huesos fosilizados, apreciando una estructura morfológica y celular semejante a los animales actuales de sangre caliente, lo que nos hace pensar que era un animal homeotérmico.
Lo que nos resultó realmente extraño fue la existencia de una estructura en forma de malla que cubría, a modo de protección, los huesos costales y las vértebras torácicas (se puede apreciar la textura reticular en la imagen adjunta al principio de este informe).
No hemos tenido tiempo de hacer un estudio exhaustivo de este material, pero sabemos que está compuesto por una aleación de hierro-carbono con un porcentaje de carbono de aproximadamente un 2%, con muy bajas concentraciones de impurezas como el azufre y el fósforo.
Se trata, por tanto, del metal que actualmente conocemos como acero de excelente calidad.

lunes, junio 19, 2006

RELATO... CORTO... MUY CORTO...




He dicho: ¡¡Dios mio!!
Pero no era mio y ni siquiera era Dios.